Un recuerdo vivo colgado en la pared

Dicen que una fotografía no es tal hasta que está impresa.

El otro día lo pude comprobar con mis propios ojos cuando una buena amiga mía de toda la vida, Noelia, me mostró una impresión en tela de una de las fotografías que hicimos durante una sesión de retrato en el campo, donde las amapolas, Noelia y su perrita Maya fueron las protagonistas.

Era finales de primavera y el verano empezaba a mostrar sus intenciones.

Noelia me comentó un día, antes del verano que quería hacerse unas fotos con su mascota en algún lugar donde hubiera amapolas, su flor favorita. Sin saber por qué, ese año no había muchas.

Ella me comentó que había un trozo de tierra sin cultivar llena de ellas detrás de mi barrio. Por la ventana de mi casa se veía el rojizo resaltar entre el marrón de las parcelas y el verde de los brotes de las cepas; era perfecto, además, no estaba lejos.

Los fotógrafos deben de ser solucionadores de problemas, y esa tarde, lo iba a poner en práctica.

Un par de días antes de la sesión fui para ver si de verdad era tal ese color y si era un buen lugar para hacer las fotos (siempre cuando tengo que hacer fotos, me gusta asegurarme que la localización esté bien y tenga posibilidades). La mala suerte a veces toca la puerta, y cuando llegué, el calor había arrasado con casi todas las amapolas. Fue un chasco porque, como dije antes, ese año no había demasiadas por los alrededores y las que había estaban desperdigadas.

No hay que echarse las manos a la cabeza, pensé. Siendo un poco creativo podría hacer un buen trabajo, así fue. Además, aunque no era ese manto que esperaba, había algunas partes en las que las amapolas habían resistido el calor. En una pequeña parte, cerca de la linde, había algunas flores, así que nos pusimos a trabajar.

Allí estaba, con un trípode para sujetar el flash de mano, un paraguas para controlar la luz, un cable disparador y mi cámara. Si tengo que elegir prefiero ir con poco equipo y trabajar con soltura. Hacía un poco de viento, así que me las arreglé para sujetar el trípode con una mano y fotografiar con la otra, no sé cómo lo hice pero saqué manos de donde no había.

A pesar de pequeños inconvenientes, fue una gran sesión de fotos. Además, Maya se portó como una gran modelo, toda una profesional,  nada que decir.

Es impresionante la capacidad que tiene la fotografía de hacernos revivir momentos.

Siempre pensé que la fotografía tenía la capacidad de detener el tiempo; un poco arrogante viendo como hoy en día las fotografías corren por las redes sociales que da gusto, como liebres por el campo.

Si la fotografía capta el momento y lo inmortaliza, ¿qué pasa cuando miles de momentos inmortalizados pasan sin parar delante de nuestros ojos? ¿No se vuelven también fugaces?

Al ver esa magnífica impresión no solo vi una fotografía, era una declaración de intenciones: resistirse a que el scroll infinito se lleve aquel momento y lo relegase al olvido. La negativa de una chica a olvidar las cosas importantes y mantenerlas vivas. Cada vez que cruce la habitación, esa fotografía colgada en la pared se lo mostrará de la mejor manera.

Nos vemos.

Javier.

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