Un corte de pelo a cambio de un retrato

«Está lloviendo, acabo de comprar un paraguas, menos mal que he puesto una bolsa de plástico a la cámara porque si no, mal asunto. No hay nada abierto, me levanté temprano para aprovechar el día. Habrá que esperar un rato.»

El verano inglés es así de impredecible: las cuatro estaciones en un solo día. Aún así, sabía la razón por la cual había vuelto a Camden Town y no me iba a dar la vuelta.

Después de una mañana de caminata me encontré con un chico con un estilo de vestir que me llamaba la atención, le pregunté si podía hacerle un retrato, él no me negó la foto pero sí me pidió algo a cambio: un corte de pelo.

Me pareció que me estaba tomando el pelo, nunca mejor dicho.

Me dijo que estaba en la calle en busca de personas que estuvieran dispuestas a cortarse el pelo gratis porque necesitaba practicar; sus profesores no se andaban con rodeos, eso seguro.

– «¿Me puedo fiar de tí?», le dije.

-«Sí, claro» (riéndose).

El trato se firmó con un apretón de manos y yo conseguí mi fotografía. Acto seguido nos dirigimos a la barbería donde él trabajaba. No sabía donde estaba, ni por qué calles habíamos venido. De repente me veo sentado en el sillón con expresión escéptica y algo de temor soterrado; empecé a apostar conmigo mismo cuántas calvas me iba a dejar aquel simpático chico.

Por suerte, después de casi tres horas de corte tras corte y algunas indicaciones por parte de su profesor, me di cuenta de que no tenía que comprarme ningún gorro para taparme la cabeza. Le agradecí al chico por su corte de pelo y salí con algo de incredulidad:

«Parece que me han cortado el pelo gratis a cambio de un retrato, y no me ha dejado mal, no»